
El ataque es "vital para la seguridad nacional", dijo el propio Trump, quien recordó que el líder sirio, Bashar al Assad, atacó con gas neurotóxico a "hombres, mujeres y niños indefensos".
Para Trump, "todos los países civilizados" deberían contribuir al fin del conflicto Siria".
Este ataque constituyó la respuesta estadounidense a un presunto ataque químico que dejó al menos 86 muertos esta semana en el noroeste de Siria y provocó la indignación de la comunidad internacional. Washington culpó a Assad por el ataque.
Trump no buscó a los aliados de Estados Unidos ni al Congreso. Con su joven presidencia deshilachada, acorralada por los traspiés, su alicaída impopularidad y el escándalo del Rusiagate, decidió actuar solo, por instinto, sin la prudencia -o inacción, para sus críticos- que caracterizó a Obama, desoyendo los riesgos que le marcaron desde el propio Pentágono.
Impulsiva o no, la decisión de Trump torció el rumbo de su presidencia. Como él mismo lo reconoció esta semana, Siria, ahora, es su responsabilidad.
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