
De ahí en adelante, con una voz macerada en profundidad, Lanegan ha trabajado en explorar su propia oscuridad. Aunque ha colaborado y trabajado con múltiples artistas, desde Mad Season hasta Queens of the Stone Age, pasando por Alain Johannes, Lanegan se ha transformado en una especie de lobo estepario con varias batallas en el cuerpo. Ya ser un sobreviviente del malogrado grunge no es cosa poca. Y hoy ha llegado a su decimoprimera obra en solitario: “With Animals”, donde, por segunda vez, trabaja junto al multiintrumentista inglés Duke Garwood, tras “Black Pudding” de 2013.
“Es lo más rápido que he hecho un trabajo. Fue mágico y espontáneo”, contó a este medio para referirse a su nueva obra. En entrevista, el cantante agregó que fue un trabajo menos planeado que el anterior: Garwood hizo la música con un viejo teclado Casio propiedad de Lanegan, unas máquinas de ritmos y una guitarra. Así, armado con aparente precariedad instrumental, el disco ofrece 12 lóbregos pasajes, con Lanegan cantando sobre la muerte, la oscuridad y la soledad. Todo abre con ‘Save me’, una especie de canto de indios americanos invocando espíritus. Esa sensación de penumbra se mantiene durante todo el trabajo. Y no es solo en la parte musical. La palabra oscuridad aparece en cuatro cortes (‘Save Me', ‘My Shadow Life’ ‘L.A. Blue’ y ‘Ghost Stories’), solventando así una sensación de desolación. Dejando de lado la clásica progresión de los doce compases, ‘Feast to famine’ bien podría ser un blues desesperanzado. Ahí canta: “Pasó de la fiesta al hambre/ Y todos los puntos intermedios/ Pero soy bueno para el daño/ Cuando me cortaste, sangraba”.
En ‘Shadow life’ unos ritmos sintéticos acompañan los minimalistas arpergios. Luego, la fantasmal ‘Ghost stories’ ofrece delicados licks de guitarra con Lanegan casi susurrando y en ‘Spaceman’ la música juega a responder las frases del canto. ‘Desert song’, en el cierre, carga con una bonita guitarra acústica que pone la contraparte a la melancólica voz. "With Animals" es un disco simple, desnudo y oscuro, que recuerda que no son necesarios los grandes adornos para transmitir sensaciones, por muy lúgubres que estas sean. Y Lanegan vaya que sabe de eso.
Por Juan Pablo Andrews.
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