
La rusa fue la más emblemática de las revoluciones del Siglo XX aunque aparezca distante a otras dos grandes revoluciones íntimas en nuestro continente, la Revolución Mexicana (1910-1917), distinta en geografía y programa, y a la Revolución Cubana (1953-1959), distante en tiempo, actores y trama.
Hobsbwm escribió que cualquier observador atento del escenario mundial comprendía desde 1870 que el zarismo estaba maduro para la revolución y que Rusia lo merecía. Es probable este apunte, aunque solo la conjunción de circunstancias inéditas y una férrea voluntad política hicieron posible su realización.
La primera guerra mundial empobrecía a Rusia y diezmaba su población y economía, y al mismo tiempo radicalizaba a las masas que crecientemente se alejaban del nacionalismo que llevó al país a aliarse contra Alemania. En la lista de circunstancias especiales habría que anotar la rampante descomposición del zarismo como sistema hegemónico en varios siglos y la debilidad de los grupos que propugnaban una Rusia liberal. Los partidos que impulsaban ese ideario –los Kadeti, por ejemplo– habían perdido vertiginosamente su vigencia desde la primera revolución, la de 1905.
En marzo de 1917, con la abdicación del Zar Nicolás II se abre un tortuoso periodo de transición que cambia radicalmente el sentido de proceso debido a que Lenin y sus partidarios consideraron, dando curso también a otro cambio, que la única salida era un gobierno socialista. En ese punto operó con magistral brillo el genio táctico de Lenin y su voluntad política capaz de galvanizar a un estado mayor político complejo y agitado, y paralizar a sus adversarios incluyendo a los socialistas moderados atascados en manejar un gobierno provisional suspendido en el aire.
En esa trama, Alexandr Kerenski es la figura central del gobierno provisional, el último intento de evitar un gobierno revolucionario y un experimento tormentoso y trágico solo apreciable con el paso del tiempo. Este gobierno sobrevivió entre marzo y octubre de 1917 y con él Kerenski expresa el lado de la derrota por su vocación extrema por el juego político y las intrigas en las alturas sin relación con la realidad, y por sus pésimos movimientos tácticos que lo llevaron a la absoluta soledad.
En esos meses cruciales, el pueblo ruso escogió entre la continuación de la guerra y la promesa bolchevique de “paz, tierra y pan”. Fue un dilema cantado por la impopularidad de la guerra, un fenómeno distinto al que experimentaron los pueblos de Europa 22 años después cuando aceptaron el órdago churchiliano de “sangre, sudor y lágrimas” como la única alternativa para derrotar al fascismo.
Las lecciones de ese momento de la historia son variadas. Desde el marxismo y otras doctrinas se ha sistematizado sus tácticas y estrategias. Uno de los estudios más recurrentes es el de la naturaleza de los períodos críticos y los cambios de estrategia, porque no todo polvorín social termina en una revolución.
La figura de Lenin en la Revolución Rusa ha sido alabada pero menos estudiada que la del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (bolchevique). Desde su muerte en 1924 se cuentan más hagiográficas que biografías. Una de estas es la del marxista inglés Gerard Walter que nos descubre un Lenin hombre más que mito, cuyo valor histórico reside en la combinación de carisma y programa capaz de transformar un momento de convulsión en una deslumbrante creación de poder.
Por Juan de la Puente.
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