jueves, 1 de mayo de 2014

EL ORÍGEN DEL DÍA DEL TRABAJADOR

Hoy no será, como a veces se confunde, el Día del Trabajo, sino el Día Internacional del Trabajador, puesto que la fecha no celebra la gracia de tener empleo, sino a los obreros estadounidenses que defendieron la jornada de 8 horas y a los mártires que fueron ahorcados por exigirla. 

La American Federation of Labor (Federación Estadounidense del Trabajo), en manos de socialistas y anarquistas, había anunciado su resolución un año antes: lo hizo en su IV Congreso, el 17 de octubre de 1884, y fijó su ultimátum para el 1 de mayo de 1886. 

Esto había despertado el interés de otras organizaciones y hasta del propio gobierno, que veían en la reducción de la jornada -por entonces de 12 y hasta 18 horas- la posibilidad de generar más empleo y reducir la desocupación. 

Con este propósito, ya en 1868 el presidente de Estados Unidos, Andrew Johnson, había promulgado la Ley Ingersoll, estableciendo para los empleados del estado de Columbia y para todos los contratistas de obra pública, la jornada de 8 horas. 

Una veintena de estados imitaron casi en seguida ese gesto, pero en la práctica la ley Ingersoll apenas se cumplió. 

La prensa jugó entonces un triste papel: los principales diarios de la Unión habían calificado la demanda por las 8 horas como "indignante e irrespetuosa" o como "delirio de lunáticos". 

Lamentablemente, tal derecho en los Estados Unidos tuvo que esperar medio siglo para ser aprobado: lo fue recién en 1935 bajo la presidencia de Franklin Roosvelt. 

En los meses previos al 1 de mayo de 1886, mientras miles de trabajadores hacían correr el alerta de paro, las fuerzas policiales iban siendo equipadas ex profeso con nuevas armas por poderosas corporaciones que se oponían a las 8 horas. 

Chicago -por entonces, la segunda ciudad más importante de los Estados Unidos- fue el centro principal de los tumultos. 

Llegado el 1 de mayo de 1886, Albert Parsons, líder de la organización "Caballeros del Trabajo de Chicago", dirigió una manifestación callejera de 200 mil trabajadores de esa ciudad, en demanda de la reducción del horario laboral. 

En los días siguientes se le unieron 350 mil en todo el país y la huelga nacional afectó a más de mil fábricas. 

El 3 de mayo, August Spies, que dirigía un periódico obrero, dirigió otra marcha de 6 mil trabajadores hasta la fábrica McCormick; cuando salieron los obreros que no habían acatado el paro, recibieron una paliza; la policía intervino, mató a un manifestante e hirió a muchos más. 

El 4 tuvo lugar la masacre de Haymarket: Spies, Parsons, Georg Engel, Louis Linng y Samuel Fielden citaron a los trabajadores frente al mercado para protestar por la masacre del día anterior. 

Nunca se supo por qué ni por obra de quien -aunque se supone que fue por accidente y dentro de un móvil policial- una bomba detonó y mató a un policía, lo que sirvió de pretexto para perseguir a los cabecillas, saquear sus casas y detenerlos. 

El 21 de junio de 1886, 31 líderes fueron acusados de conspiración y asesinato; finalmente, la acusación sólo prosperó contra ocho: los cinco nombrados fueron condenados a la horca, dos a prisión perpetua y otro a 15 años de trabajos forzados. 

El fiscal le pidió al jurado: "Castigue a estos hombres, haga un ejemplo de ellos, cuélguelos y salve nuestras instituciones". La ejecución tuvo lugar el 11 de noviembre de 1887. 

En 1889, en París, durante el Primer Congreso de la Segunda Internacional Socialista, se decidió en su homenaje que el 1 de mayo se conmemoraría mundialmente la solidaridad laboral. 

En 1954 el papa Pío XII apoyó esta jornada de memoria colectiva al declarar la festividad de San José Obrero. 

Paradójicamente, en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido y Andorra no se celebra el 1 de mayo como Día del Trabajador. Por lo contrario, se lo denomina Law Day (Día de la Ley). 

En los Estados Unidos, el presidente Grover Cleveland auspició otra fecha por miedo a que el 1 de mayo reforzara en su país al movimiento socialista: allí es el primer lunes de septiembre y se lo llama Labor Day (Día del Trabajo, no del trabajador). 

A lo largo del siglo XX y lo que va de éste, los beneficios para los asalariados se acrecentaron en materia de derechos, mejor retribución y amparo social, pero en la década anterior tales progresos retrocedieron bajo la influencia del neoliberalismo. 


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